Era un día normal, como todos y nada indicaba que iba a ser de otra manera. Tomé el Metro como todos los días, viajando la ruta que hago siempre. Caminando por las mismas calles y ese trayecto que hago ya por inercia.
Me carga ir en el tren por las tardes. Aparte de gente molesta que te mira con cara de "no hay más espacio, no me pienso correr un milímetro para que tú entres", hay puros viejos flaites, hablando weas flaites, con sus palabras flaites.
Pero en fin, no hay que desviarse del tema.
Dentro de esa monotonía del día a día, lo único no-monótono es echar a andar un poco los pensamientos y perderse un poquito en la mente (si ya hasta el mp3 se hizo un aparatito invariable... eeh... debo recordar poner nuevas canciones)
Miraba aburrida el andén en Vicente Valdés, deseosa de que el puto tren pasara pronto, para recorrer ESA estación y llegar a mi casa, cuando de pronto, vi una figura conocida que se acercaba entre la multitud.
Me quedé helada. Ahí, en la vida real, sin encuentros obligados por amigos en un parque, ni alcohol en el cuerpo. Esa vida, la vida cotidiana, la vida que alguna vez quise vivir con él.
Y fue tan extraño, observarlo, como aquel que espía a alguien, y cruzarse por espacio de segundos, en su vida. El Efecto Mariposa, fue lo que se me vino después a la cabeza; en la escena final (no el final del director) cuando Ashton se cruza a la chica vestida de blanco entre la multitud y voltea para observarla, con las intenciones, tal vez, de hablarle, de acercarse, de dar un paso para hacer un quiebre entre esas vidas que podrían jamás (volver a) juntarse. Pero comprende que lo mejor para ella/él es seguir en su camino, no conocerse, no ser parte de.
Creo que nunca me habían enrostrado algo tan directamente. Fue como "ok, tienes dos opciones. Opción A: lo conoces, lo haces parte de tu vida y tienes un final a tu disposición (mala suerte la mía, me tocó el final estilo tragedia) Opción B: No lo conoces, nunca fue ni será parte de tu vida, Reset para todo lo que pasó" El destino, la vida, Dios ? no sé cómo se llamará eso, ni a quién se le atribuirá, pero sentí que nunca había tenido algo tan claro frente a los ojos, aunque el botón de "borrar/olvidar" ya lo había activado hace mucho, esto fue como "la prueba".
Yo pude haberlo tomado del brazo, alzar la voz y decir su nombre, acercarme, olvidar todo lo que pasó y conversar con él. Preguntarle de su vida y contarle lo aburrida de la mía.
Sin embargo no lo hice.
Me doy cuenta que mi vida está mejor sin él, que con él. Que ese lindo pensamiento de creer que "Dios te puso en mi camino en el momento justo, considero que eres como un regalo caído del cielo" era eso, demasiado lindo para ser verdad. demasiado para alguien que no supo valorar. Muchas atribuciones dadas para uno que resultó ser igual a todos los demás. Otro más para olvidar.
Así que me quedé ahí, en el andén, esperando que se acercara mi tren. Por instantes, ese tren iba a ser también suyo y lo compartiríamos hasta la próxima estación. Empezó a sonar en el mp3 una canción lenta, que alguna vez me cantó. Y ahi, en la velocidad del recorrido se iba también una historia, unos recuerdos, algunos cariños y otras mentiras. Por la ventanilla se colaba un viento helado, que me recordaba lo lejano que era todo eso, pero al mismo tiempo, lo cerca que había estado de tener una historia feliz, con un final feliz y como se me habia escapado aquello de las manos.
Conforme avanzaba el tren, el viento se hizo tibio y se llenó de recuerdos. Ya no pegaba fuerte en la cara y acariciaba suavemente. Los recuerdos se hicieron felicidad, pero esa felicidad perdida pronto se volvió una pena en el pecho. Las puertas se abrieron y brotaron esas lágrimas que duelen cuando has perdido algo, o en este caso, cuando perdiste algo que creíste era tuyo.
Me sequé un poquito la pena y el alma. Y ese tren que compartiamos se alejó... hasta volver a esa línea, a esa vida, donde tú y yo no nos conocemos, donde somos dos perfectos extraños.
(i'm fine without you, Joel)
miércoles, 23 de julio de 2008
domingo, 20 de julio de 2008
Qué peor que estar resfriada en invierno, donde además de sentirte pal gato, el clima te acompaña con una agradable brisa congelada, y se te hielan las patitas, aunque te pongas calcetines de polar y duermas con la hermana chica.
Más aún, sábado, cuando debería andar por ahi bailando y vacilando con un vaso en la mano :matenme:
Más aún, sábado, cuando debería andar por ahi bailando y vacilando con un vaso en la mano :matenme:
lunes, 14 de julio de 2008
Creo que él tenía razón. A pesar de que no se caracterize por hacer comentarios coherentes, ni dar opiniones con algo de análisis profundo.
"Te haces la fuerte, pero en realidad..." es difícil tratar de actuar distinto, si llevas 24 años años asi, difícil si te acostumbraste desde chica a no tener a nadie, a recurrir a ti misma, a preguntarte las cosas mil veces y responderte tú sola.
Por eso los llantos escondidos, por eso el sonreír siempre y minimizar las penas que me comen el alma. Yo aprendí desde chiquita que la fragilidad es algo inocente, de niños, demasiado lindo para sobrevivir en este mundo. Aprendí que las cosas te pegan mil veces más fuerte asi (y vaya que dolió)
De todas maneras, como siempre fui atrasada para todas mis cosas, esa fragilidad y esa inocencia que es casi exclusiva propiedad de los niños, la conservé hasta el término de la adolescencia, donde me di el mayor porrazo de mi vida, donde dos personas mayores me enseñaron gratuitamente, cómo puedes marcarle la vida a alguien.
"Te haces la fuerte, pero en realidad..." es difícil tratar de actuar distinto, si llevas 24 años años asi, difícil si te acostumbraste desde chica a no tener a nadie, a recurrir a ti misma, a preguntarte las cosas mil veces y responderte tú sola.
Por eso los llantos escondidos, por eso el sonreír siempre y minimizar las penas que me comen el alma. Yo aprendí desde chiquita que la fragilidad es algo inocente, de niños, demasiado lindo para sobrevivir en este mundo. Aprendí que las cosas te pegan mil veces más fuerte asi (y vaya que dolió)
De todas maneras, como siempre fui atrasada para todas mis cosas, esa fragilidad y esa inocencia que es casi exclusiva propiedad de los niños, la conservé hasta el término de la adolescencia, donde me di el mayor porrazo de mi vida, donde dos personas mayores me enseñaron gratuitamente, cómo puedes marcarle la vida a alguien.
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